La chica del violín


Sólo quedaba un mes para el término de las clases en mi primer año de facultad, y los quinientos metros que separaban la universidad de la parada de autobús se hacían más largo de lo habitual. No sé si sería por el hambre, por llevar la mochila repleta de libros que acababa de sacar de la biblioteca, o por ir completamente de negro con este sofocante calor que se anticipaba a la llegada del verano. Me pregunté entonces por qué demonios siempre iba vestido con el mismo color, cuando recordé que reflejaba totalmente mi personalidad; introvertido, reservado, y escéptico con todo aquello que pretende hacer de este asqueroso mundo un lugar flowerpower de felicidad y alegría. No creía en la verdadera amistad, ni en el amor, y mucho menos en la solidaridad o la bondad. Más bien todo lo contrario. Me daba pavor la crueldad de la humanidad, por eso la soledad era mi mejor amiga; mi refugio de seguridad.



El habitual retraso del autobús me hacía recordar el propósito marcado para este verano; sacarme el permiso de conducir. Por fin llegó el ansiado transporte del pueblo, subí las escaleras, saludé a su anciano conductor con síndrome de piloto de carreras, pasé el bonobús por el pertinente lector, y me acomodé en mi habitual asiento. Me gustaba porque era uno de los únicos cuatro asientos que no tenían otro al lado, lo cual me garantizaba no tener que aguantar a ningún desconocido con su hombro pegado al mío.

Cuando el abuelo de Fernando Alonso cerró las puertas del autobús y comenzó por octava vez en su día la ruta de regreso al barrio, me abstraje de todo lo que me rodeaba perdiendo mi mirada a través del sucio cristal y dejando que los cascos del Mp3 incrustados en mis pabellones auditivos me transportaran a un mundo en el que las personas se transformaban en melodías y en el que la imaginación era la única herramienta que necesitaba para alcanzar mis sueños.

Un frenazo típico de la casa me hizo volver a la realidad. Mientras comenzaba a maldecir todo el árbol genealógico del conductor, la puerta se abría para dar la bienvenida a los invitados habituales de la cuarta parada. La señora gruesa que siempre estaba sudando y abanicándose, la chica estudiante cuyo perfume siempre me obsequiaba con un dulce olor a algodón, la mujer embarazada que, según mis cálculos, debía llevar 11 meses de gestación y, por último, la agradable parejita de ancianos a los que nunca les daba tiempo a sentarse antes de que el conductor emprendiera de nuevo la marcha.

Pero aquel día fue diferente. La rutina se rompió con un pasajero inesperado. Era una chica, aproximadamente de mi edad, o al menos lo aparentaba. Me llamó la atención que vestía también totalmente de negro, pero sobre todo que transportaba uno de esos maletines en donde se guarda un violín.  






De todos los asientos que había libre, tuvo que sentarse justamente en el estaba orientado hacía la parte trasera del autobús, y que casualmente estaba frente a mí,  por lo que no pude evitar la tentación de observarla descaradamente. No era muy alta, imagino que más o menos metro sesenta, y algo delgada, lo que añadido a su piel pálida le daba un aspecto frágil. Tenía el pelo corto, con un peinado original que no había visto en mi vida y de un color caoba que no atinaba a adivinar si era natural o teñido, ya que sus finas cejas no ayudaban a desvelar este misterio. 

Decidí concentrarme en otros aspectos, y ahí estaban sus ojos... Unos ojos que no he olvidado y que jamás olvidaré; grades, con un verde esmeralda que cualquier gato envidiaría y que transmitían una dulzura que podría haber cambiado la historia de la humanidad si el cabrón de Hitler se hubiera cruzado con ellos. Seguí estudiándola, y tras darle disimuladamente un repaso a las pecas de su canalillo me fijé en sus manos. Me intrigaba enormemente saber qué eran capaces de hacer con ese violín tan bien guardado esos dedillos tan finos y largos que descansaban sobre el estuche del instrumento. No entendía nada de música, pero me extrañaba mucho que tuviera las uñas largas y tan bien cuidadas, con una impecable manicura francesa que tal vez no era lo más propicio para extraer notas musicales de las duras cuerdas del violín.

No puedo decir en que momento comenzó a ocurrir exactamente, pero cuando fui consciente de ello me fue imposible escapar. Mi mirada estaba clavada en esa chica y no podía retirarla. ¿Qué demonios me estaba pasando? ¿Por qué no podía dejar de observarla? Me centraba en su pelo, en sus ojos, en sus manos, de nuevo en sus ojos, en su canalillo... ¿Acaso era ella el motivo por el que comenzaba a sentir como los latidos de mi corazón luchaban por salirse de mi pecho? ¿Era el motivo por el cuál mi estómago vacío estaba ahora saciado gracias a un empacho de mariposas que no paraban de revolotear en su interior? ¿Esto que estaba sintiendo era lo que muchos llaman amor a primera vista? Nada de eso me importaba por entonces. Lo único que deseaba es que apartara su mirada de un horizonte imaginario que solo ella contemplaba a través de la ventana. Un cruce de miradas, un fugaz cruce de miradas y todo aquello que sustentaban los pilares de mi credo se vendrían abajo. Un efímero gesto de complicidad y comenzaría a creer en eso que llaman amor.

El autobús ya había llegado a mi barrio, y tres paradas antes que el fin de mi viaje la chica del violín apretó el botón de Stop. No podía creerlo. Vivía a escasamente a un kilómetro de mi casa y jamás en mi vida la había visto. Una mirada, tan solo necesitaba una mirada. Asegurarme que ella sabía que existía. 

Llegamos a la parada y entonces ocurrió. Mientras se incorporaba elevó sus impactantes ojos y los clavó sobre los míos. Mis pupilas chocaron con las suyas y quedé totalmente hipnotizado. Jamás imaginé que mi alma pudiera quedar encarcelada dentro de una celda que tenía cuerpo de mujer. Y entonces la magia se convirtió en fantasía. Sonrió... Me sonrió. 

No se si fue por la cara de gilipollas que debía tener en ese momento, o fue un gesto de empatía; una invitación a bajarme en la misma parada que ella para que le dijera solo una palabra, una palabra que fuera el inicio de una conversación. una conversación que fuera el inicio de una amistad, y una amistad que fuera el inicio de un amor eterno.

No me preguntes por qué, pero no lo hice. En vez de eso me limité a observar por el cristal como poco a poco su figura de desvanecía en la distancia mientras el autobús seguía su itinerario. Durante todo del día no pude pensar en otra cosa que no fuera ella, y al día siguiente subí de nuevo al autobús con la esperanza de verla de nuevo.Pero nada, jamás volví a verla.

Sin embargo, ese día cambió mi vida para siempre. La chica del violín me hizo comprender que existía el verdadero amor. Que estaba completamente equivocado. Que si el amor existe, había una posibilidad de que el mundo no fuera una mierda porque sí, sino porque nosotros lo hacemos mierda. Que el mundo puede ser lo que nosotros queramos que sea. Y que aunque no tenga el poder de cambiarlo, si tengo el poder de hacer que el mundo sea lo más bello posible para todos aquellos que me rodean o que se crucen en mi camino.

Comprendí que ese negro al que tanto me aferraba no era el único color. Que existen el verde esperanza, el rojo pasión, el amarillo chillón, el azul relajante y blanco de la pureza. Comprendí que si al día siguiente le pedía al conductor del autobús que esperara, la agradable pareja de ancianos podrían sentarse sin problemas. Comprendí que si cedía mi asiento a esa mujer que por fin había tenido a su hijo, a ésta le sería más fácil entrar y salir del autobús con el carrito. Y comprendí que esa chica que me embriagaba con su perfume siempre se rociaba justo antes de subir al autobús para intentar llamar mi atención. Por eso, después de tantos años, cada vez que me despierto al lado de una mujer a la que amo con locura y que me sigue obsequiando con su dulce perfume de algodón, lo primero que hago es darte las gracias. Gracias chica del violín, porque aunque tu jamás lo sepas, aquel día fue el inicio de mi nueva vida. Porque aquel día nació el yo que soy ahora.


Comentarios

  1. Waaoooo que historia..! A veces me pasa lo mismo que a tí. Que sorprendente!

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  2. Saludos David:

    Me alegra mucho que te haya gustado la historia. Creo que es una bonita metáfora para concienciarnos de que todos tenemos en nuestra mano hacer que el mundo sea un poquito mejor.

    Muchas gracias por dejar tu opinión en éste, mi humilde blog.

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