Las vacaciones... ¿molan?

Las vacaciones molan. Bueno, las vacaciones molan, con matices. Si tienes 18 años y te pierdes con tus colegas en un camping cochambroso durante toda una semana repleta de alcohol, juergas, playa y rodeado de chicas extranjeras con las que pegarse el lote padre, las vacaciones molan. Si te largas con esa chica a la que conoces desde hace un par de meses a un hotel de mala muerte durante tres días en los que no sales de las sábanas de la cama y en el que tu único equipaje son unos calzoncillos sexis y una caja de 24 preservativos, las vacaciones molan. Si te vas con la familia a un hotelazo de 5 estrellas con esa pulserita de "todo incluido" que te da derecho a que una persona suba a tu habitación para limpiarte el culo con papel de seda si así lo deseas, las vacaciones molan.

Y ahora volvamos a la realidad. Salvo contadas ocasiones, tus vacaciones, al igual que las mías, no son así. Lo normal es que transcurran en el lugar costero más cercano a tu localidad, cuya población es engullida durante dos meses por una masa desproporcionada de turistas nacionales que triplican en número a sus autóctonos. Allí llegas tras haber desayunado un atasco de dos horas con tu coche más cargado que el hígado de Pocholo tras una fiesta en Ibiza. Evidentemente, no has viajado solo; te acompañan la mujer, que tiene sodomizada la radio del vehículo con el último disco de "Caribe Mix". En el asiento trasero los niños, que entre las continúas peleas, ganas de hacer pipí, de beber agua, y preguntando mil veces cuanto falta para llegar, te hacen maldecir mentalmente el día en que los concebiste. ¡Ah!, y siéntete afortunado si no te acompañan tus "maravillosos" suegros.




Una vez llegas a tu destino, te das cuenta de que el piso donde os vais a alojar no tiene nada que ver con lo que viste en el anuncio de alquiler. Te das cuenta de que diáfano puede ser sinónimo de sin amueblar, y sobre todo, te das cuenta de que 50 metros cuadrados tal vez sea un espacio pequeño para un matrimonio con hijos y, tal vez, los suegros.
- Bueno, se trata de estar juntos en familia - , piensas. Después de una paliza de viaje durante toda la mañana, y de perder gran parte de la tarde deshaciendo las maletas, eres consciente de que ya has perdido el primer día de vacaciones, así que nada, mejor que una cenita en un bar cercano para tomarte una cervecita fresquita y algún producto del mar. Mañana comenzarán tus días de relax.
A la mañana siguiente toca madrugar, que hay que preparar las cosas para irse a la playa y llegar temprano si queréis pillar un buen sitio. Nada, al traste tu plan de dormir 8 horas seguidas. Por fin está todo listo; la nevera, la sombrilla, las sillas, las toallas, la crema solar, los cubos para que los críos jueguen en la arena y la pequeña tabla de surf. Sales del portal, y al poco te das cuenta de que a todo le llaman "primera línea de playa", porque llevas un rato caminando y tu no ves la playa por ningún lado. Por fin, por fin se ve el mar, aunque antes, parada obligatoria en el kiosko para que la parienta se compre tres o cuatro revistas del corazón. La nevera que llevas en un brazo, la silla en el otro, y la sombrilla sobre tu espalda cada vez pesan más y el camino se hace interminable, hasta que milagrosamente llegas a la playa. Toca ahora una inspección ocular del entorno; hay más gente que en la hora punta del metro, por lo que hay que buscar algún hueco donde asentarse. Tu mujer encuentra un valioso espacio de 2 metros cuadrados situado entre dos familias numerosas. No lo piensas, te abalanzas sobre dicho espacio y clavas la sombrilla como si se tratara el estandarte de tu linaje real. Has conquistado territorio.




¡Aleluya!. Ha llegado el momento del tan ansiado relax, de sentarte en tu butaquita desplegable y hundir los dedos de los pies en la arena mientras disfrutas del último best-seller de ese escritor internacional tan reconocido. Y como no, todo ello acompañado de una cervecita de 0,20 céntimos la lata, bien fresquita.
Apenas llevas un par de párrafos cuando tu momento de relax se ve interrumpido por unos desagradables gritos:

 - ¡Papá, papá!. ¡Queremos bañarnos! -. Tu mujer clava sus ojos de sargento de hierro sobre ti, y cual buen soldado, no tardas en obedecer. No te apetece para nada bañarte, pero bueno, todo sea por los niños. Los coges de la mano y vais lanzados hacía el agua, y en cuanto la primera ola te zambulle, te percatas de que está tan fría que tus testículos acaban de subir hasta tu garganta. Poco a poco vas recuperando la temperatura corporal y lo pasas en grande con tus hijos, pero aquí no acaba todo. Tras el baño toca enterrarte, hacer castillos de arena y jugar unos cuantos partidos de palas.

Te duelen todos los huesos del cuerpo; ya no estás para tantos trotes. Le dices a los críos que ya has jugado suficientemente con ellos y que te apetece sentarte un rato para descansar. Demasiado tarde, tu mujer te avisa de que ya es hora de recoger para volver al micropiso y preparar el almuerzo.

Por la tarde, más de lo mismo. Vuelta a la playa, pero al menos albergas las esperanzas de que tu mujer te releve en la ardua tarea de jugar con los críos mientras tu descansas. Maldita ingenuidad... Parece ser que ponerse morena absorbiendo todos los rayos ultravioletas del Sol debe ser materia de emergencia nacional para tu esposa, y no es conveniente llevarle la contraria si no quieres pasar un verano sin sexo. Así que nada, ahora toca la versión 2.0 de tu pelea contra las olas, el enterrarte, los castillos de arena y las palas, hasta la llegada del ocaso. Toca de nuevo retirada, pero esta vez para pasar todos por la ducha, arreglarse y salir a cenar.

Tras un largo día caes rendido sobre la cama y comienzas a tener una perspectiva de futuro aterradora. Algo dentro de ti empieza a concienciarte que el resto de días será así. Y no te equivocas; tal vez, alguna mañana o tarde habrá que ir al supermercado a comprar, o saldréis con los niños al pueblo, o al centro comercial más cercano para comprar recuerdos y ver alguna película infantil en el cine. 

Sientes ahora como el único sentido que para ti tienen las vacaciones, el de descansar para volver con más energías a la monotonía de la ciudad, se convierten en una utopía. Cuando quieres darte cuenta, ya estás sentado de nuevo en tu coche, en medio de otro monumental atasco, con todo cargado hasta arriba, la radio sodomizada y los niños peleándose. Quién te lo iba a decir, pero estás deseando llegar a casa.



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