¡A la gloria capillitas!

Pues nada, a pasado otro añito y ya estamos de nuevo en Semana Santa. ¡Aaayyy la Semana Santa!; la única época, junto con los derbis futbolísticos, en la que mi ciudad, Sevilla, se divide en dos: los capillitas y los ateos.

Porque Sevilla es iconódula; que digo iconódula, es súpermegaiconódula, y además capillita. Porque todo buen sevillano que se precie debe amar todo aquello que sea símbolo de sevillanía, y la Semana Santa es el símbolo por excelencia. Porque como buen sevillano capillita que se precie, si no perteneces a una hermandad eres un bicho raro. Da igual de cual seas, da igual el motivo por el que lo eres; es más, incluso no debes tener motivo. Porque para un capillita, si no eres hermano cofrade, no eres sevillano.



La Semana Santa. Ese Domingo de Ramos en el que los hombres están deseando estrenar su traje de chaqueta nuevo y gastar el bote de gomina que compró el día anterior. Y en el que las mujeres madrugan para vestirse de Mantilla o como si fueran a una boda, destrozan sus pies con taconazos de aguja y ocultan la belleza de sus arrugas con kilos de maquillaje. Porque ante Dios hay que ser humilde y siervo, pero también hay estar guapos sobre todo.



La Semana Santa. Esa semana que los religiosos practicantes viven con pasión, los que no son practicantes se vuelven practicantes durante siete días, y en el que los "ateos no practicantes" se preguntan "¿que coño hago yo aquí?" cuando se encuentran agobiados en el centro de una gran aglomeración de gente y sin poder salir de ella.



La Semana Santa. Esa época en la que, bien por nuestra ignorancia o bien por culpa de la Iglesia, olvidamos que en el Catolicismo el verdadero sentido de las imágenes es la de servir de herramienta de unión con Dios cuando rezamos para acabar rezando a ese Becerro de Oro disfrazado de Jesús crucificado o Virgen llorando.

La Semana Santa. Ese día que esperas para vestirte de nazareno con el objetivo de andar decenas de kilómetros, durante varias horas y sin motivo alguno portando un cirio o cruz, con el único fin de ver a tus amigos y familiares entre el tumulto, regalar algún caramelito a un niño pequeño, y después presumir  por Facebook que hiciste todo el trayecto mostrando una foto.

La Semana Santa. Esa semana en la que ves el parte meteorológico más veces que en el resto del año y en la que rezas y rezas para que no caiga ninguna gota. Da igual si el año ha sido extremadamete seco y el campo parece el desierto del Sahara. Que le den por culo al agricultor.




La Semana Santa. Esa semana en las que las calles se tienen que llenar de pasión y sentimiento que tanto impresiona a los guiris, que para eso se dejan la billetera en nuestros hoteles y restaurantes.

La Semana Santa. Ese Operación Triunfo del balcón en el que compiten gente anónima (y no tan anónima) buscando su minuto de fama y aplausos a base de saetas cuya letra siempre dice lo guapa que es la Virgen y la penita de da ver sufrir a su hijo portando la cruz

Ejemplo de lo que NO es una saeta

La Semana Santa. Esa semana en la que no te importa partirte la espalda portando más de 50 kilos durante varias horas con tal de que el paso parezca que está flotando entre ángeles. Da igual, si me lesiono pediré la baja en el trabajo. Eso sí, si estoy parado que no me llamen para cargar y descargar camiones, no vaya a ser que me pase algo.


La Semana Santa. Una semana en la que una ciudad se transforma totalmente y sus ciudadanos no saben por qué. Muchos lo llaman fervor religioso, pero están muy equivocados. La Semana Santa hace mucho que dejó de ser una fiesta religiosa para convertirse en un espectáculo de temática religiosa. Porque si esta fiesta solo la celebraran aquellos que verdaderamente sienten el amor de Dios, rezan todos los días, van a Misa todos los domingos, se confiesan, y tienen verdadera fe en Jesucristo, no habría gente ni para levantar los pasos.

Pero no es así. No es así porque, al margen de la hipocresía religiosa que engloba esta festividad, los sevillanos amamos, respetamos y defendemos nuestra tradición; la tradición judeo-cristiana, al igual que tú en tu casa celebras la Navidad y al día siguiente estás despotricando en un bar con tus amigos que  es solamente la fiesta del consumismo.

Como ya habrás deducido, no comparto la hipocresía religiosa que rodea a la Semana Santa, pero la respeto. Es más, pienso que la Semana Santa de Sevilla es una semana que todo el mundo debería vivir al menos una vez en la vida, sin importar si eres religioso, ateo, o extraterrestre. Un espectáculo de riqueza visual, cultural y artística sin comparaciones. Porque no todo el mundo puede disfrutar de ver en las calles tallas nacidas de los maestros de la  Escuela de imaginería Sevillana, una de las más prestigiosas del mundo, con esculturas de gran realismo realizadas por grandes escultores como  Juán de Mesa, o Juán Martínez Montañés, por ejemplo.

Porque no importa si eres religioso, ateo o extraterrestre. Porque la Semana Santa de Sevilla es única en el mundo, por eso no debes perdértela, porque si no vas, nunca verás nada igual.

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