No me gusta la Feria.
No me gusta la feria. Ea, ya lo
he dicho. Ahora puedes pensar tranquilamente que soy un bicho
raro. O como me gusta decir a mí, soy un bicho raro de cintura para
abajo. Vamos, lo que viene a ser un bicho raro de cojones.
Sinceramente, no se que le ve la
gente a esta fiesta. Cuando era pequeño la única motivación que
encontraba era montarme en los “cacharritos”, y con el paso de
los años el coger la cogorza padre con los colegas. Pero ahora...
Seré que me estoy haciendo mayor y solo veo los inconvenientes.
No me gusta el tener que aparcar
en sitios inhóspitos, alejados, y que normalmente son de pago o hay
un gorrilla que me exige la voluntad.

Y hablando de cosas que haces
una vez al año. No me gusta el tener que compartir la mesa con
personas que se perfectamente cuando fue la última vez que las vi;
exacto, en la última feria. Otra vez a recordar nombres y a tratar
de inventar algún tema de conversación interesante. No me gusta el
tener que entenderme con mis acompañantes a base de gritos porque
María del Monte sigue cantando a la sombra de los pinos después de
tantos años, así que lo que lo único que puedo hacer es fingir que
escucho lo que me hablan y asentir con la cabeza. Siempre queda la
opción de salir a bailar, pero odio las sevillanas. Soy incapaz de
bailar una música que detesto, y si lo hiciera, me parece un baile
frio con movimientos calculados y repetitivos. Una vez puede que
tenga gracia, pero repetir lo mismo una y otra vez ya cansa, y más
si apenas tienes espacio para ello, por lo que las posibilidades de que la que
está a tu lado te meta el cigarro en el ojo son altas. Además, en
este baile todos sus pasos están tan estipulados que no hay lugar a la
improvisación; bueno sí, pero siempre corres el riesgo de ganar el
título del “graciosillo” del tablao que va con unas copitas de
más.
Y cuando por fin llega la hora
de emprender el regreso a casa, toca recordar lo lejos que aparcaste
el coche mientras observas como de rodillas para abajo estás lleno
de un albero cuyo polvo tu nariz ha esnifado en dosis industriales
hasta tal punto que el respirar se convertirá en algo muy
desagradable durante los tres próximos días.
Mi santa esposa, que tanto tiene
que aguantar por mi culpa, siempre me recuerda que “soy mu esaborio
pa se andalú”. Y lo cierto es que tiene toda la razón del mundo.
No me gusta la feria. Estoy en contra de la Semana Santa y el Rocio.
Si no perteneces a una Hermandad seguro que no has nacido aquí.
Detesto el calor insoportable que hace en verano, y el frio
penetrante del invierno que se te cala en los huesos. No me gusta que
la gente no sepa lo que es una papelera pública y el caminar por la calle sea un divertido
juego de esquivar basura y mierdas de perro (al menos es un buen
entrenamiento para la feria). No me gusta el flamenco, ni la rumba,
ni las sevillanas, ni nada de eso que lleve el tan visto compás 3x4
hecho en Andalucía. No me gusta que me tachen de juerguista y tipo
gracioso cada vez que cruzo despeñaperros. No me gusta la picaresca
típica de estas líndes. No me gustan los toros. No me gusta algunas
mujeres se lleven una hora delante del espejo para comprar el pan
mientras que otras salen en pijama y babuchas. Joder, no me gusta ni
mi acento.
Pero os voy a confesar una cosa.
Creo que no podría estar en mejor sitio para vivir. Me encanta
Andalucía. Me encanta porque al no gustarme muchas de sus costumbres
mi espíritu crítico se mantiene siempre despierto y activo. Si
viviera en un sitio donde me gustara todo lo que le rodea me hubiera
adormecido crítica y cognitivamente. Por eso, adoro vivir en
Andalucía.
Comentarios
Publicar un comentario