FAHRENHEIT 451: ¿VIVIMOS EN LA ERA DEL CAPITÁN BEATTY?

 





Tras haber concluido la novela "Fahrenheit 451", de Ray Bradbury, por fin he terminado de leer lo que considero como el Triunvirato básico de novelas distópicas, compuesto por esta novela, "Un mundo feliz" y "1984"

Aunque las tres novelas se centran en cómo tener controlada a la población, creo que las obras de Huxley y Bradbury son las que más me han... ¿aterrado? Podría decirse así. Y es que no puedo evitar el ver coincidencias y analogías descritas en dichas obras con la época actual

La analogía que más me preocupa es la de una población que basa su felicidad en la búsqueda del entretenimiento y los placeres sensoriales, renunciando a la complejidad del pensamiento crítico. Si bien, mientras en "Un mundo feliz" se utiliza el condicionamiento y el "Soma" para que nadie desee hacerse preguntas profundas, en "Fahrenheit 451" se queman libros porque contienen ideas contradictorias que pueden incomodar o inquietar a la gente. 

Y aunque, como he dicho, observo estas dos tendencias en el mundo actual, la que más me inquieta es la narrada por Bradbury. Porque percibo que el objetivo principal de esta obra es la de alertarnos sobre la pérdida de la profundidad del ser humano. Y es que, en la novela, los libros no empiezan a quemarse por una imposición o decreto gubernamental, sino porque la sociedad misma ha dejado de leer. Los ciudadanos prefieren ahora el entretenimiento rápido, ruidoso y vacío. Lo libro se prohíben porque pueden llegar a sentirse mal, o pueden crear desigualdades intelectuales, lo cual genera el peligro de convertirnos en niños eternos que son incapaces de enfrentarse a la realidad debido a una educación que evita lo complejo. 

El objetivo de Fahrenheit 451 está claro: recordarnos que el conocimiento duele, pero también libera. Por eso, una sociedad que quema libros es una sociedad que tiene miedo de hacerse preguntas. Y el propio Bradbury nos lo dice. 

"No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe" 


Para reflejar lo mejor posible esta llamada de alarma de Bradbury, creo que lo mejor es exponer los fragmentos que considero más importantes del extenso monólogo que realiza uno de los personajes más importantes de la obra, el Capitán Beatty, un hombre culto que usa la razón para destruir la razón. 

 


En otra época, los libros gustaban a pocas personas, dispersas por aquí y por allá. Esas personas podían darse el lujo de ser diferentes. En el mundo había mucho espacio. Pero entonces, el mundo se llenó de ojos, codos y bocas. Se dobló, triplicó, cuadruplicó la población. Las películas y las radios, las revistas y los libros fueron bajando de nivel hasta formar una especie de engrudo […]

El hombre del siglo XIX con sus caballos, perros, carros, en cámara lenta. Entonces, en el siglo XX, acelera la cámara. Libros acortados. Versiones reducidas. Síntesis. Tabloides. Todo se reduce al chiste, a la sorpresa final. Los clásicos recortados para ajustarlos a programas de radio de quince minutos, y después vueltos a recortar para llenar una columna de libros de dos minutos […] De preescolar a la universidad, y vuelta a preescolar: ahí tienes el patrón intelectual de los últimos cinco siglos […]

Resumen de resúmenes, resumen de resúmenes de resúmenes. ¿Política? Una columna, dos frases, un titular. Después, en el aire, ¡todo desaparece! La mente humana gira tan rápido bajo las manos de editores, explotadores, radiodifusores que, centrifugada, se desprende de todo pensamiento innecesario, solo pérdida de tiempo […]

Se acorta la escolarización, se relaja la disciplina, se abandona la filosofía, la historia, los idiomas, poco a poco la gramática y la ortografía se descuidan y finalmente se ignoran casi por completo. La vida es inmediata, el trabajo cuenta, el placer lo ocupa todo después del trabajo. ¿Para qué aprender algo que no sea apretar botones, mover interruptores, ajustar tuercas y pernos? […]

Mas deportes para todos. Más dibujos en los libros. Más fotos. La mente bebe cada vez menos. Impaciencia. Autopistas llenas de multitudes que van a algún sitio, a algún sitio, a algún sitio, a ningún sitio. Las ciudades se transforman en moteles, la gente va en oleadas nómadas de un lugar a otro […]

Cuanto mayor es la población, más minorías hay […] Todas las pequeñas, pequeñas minorías necesitaban tener limpios los ombligos. Los autores, llenos de malos pensamientos, tenían que guardar las máquinas de escribir […] No hubo, al principio, ni fallo ni declaración ni censura, ¡claro que no! Gracias a Dios, cumplieron esa función la tecnología, la explotación masiva y la presión de las minorías  […] Al producir la escuela más corredores, saltadores, velocistas, diletantes, ventajistas, oportunistas, especuladores y aventureros que examinadores, críticos, conocedores y creadores imaginativos, la palabra “intelectual” se convirtió e la palabrota que merecía ser. Siempre se teme lo desconocido. Seguramente recuerdas al niño de tu clase, en la escuela, que era excepcionalmente “brillante” […] ¿Y no era acaso ese chico brillante el que elegías para las palizas y torturas fuera del aula? Todos debemos ser iguales  […] Que cada hombre esté hecho a la imagen de todos los demás; así, todos serán felices, porque no habrá montañas que los intimiden y los humillen. Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo  […]

Nuestra civilización es tan amplia que no podemos permitir que nuestras minorías se alteren y se agiten. Hazte la pregunta: ¿Qué queremos, sobre todo, en este país? La gente desea ser feliz. Quiero ser feliz, dice la gente. ¿Acaso no vivimos para eso? ¿Para el placer, para la excitación? […]

¿A la gente de color no le gusta “El negrito Sambo”? Quémalo. ¿A la gente blanca le incomoda “La cabaña del tío Tom? Al fuego con él. Quema el libro. Serenidad. Paz. Llévate tu lucha a otra parte. Mejor aún, al incinerador.

Si no quieres que alguien esté políticamente descontento, no le muestres las dos caras de la moneda; muéstrale una. Mejor aún, no le muestres nada. Que se olvide de que existe la guerra. Si el gobierno es incompetente, desequilibrado y loco por los impuestos, no pasa nada. Paz. Organiza concursos que se puedan ganar recordando las letras de las canciones más populares o los nombres de las capitales. Llénalos de datos incombustibles, abrúmalos con información hasta que se sientan atiborrados, pero “inteligentes” Entonces sentirán que piensan, que están en movimiento sin moverse. No les ofrezcas, para ayudarlos a pensar, escurridizas materias filosóficas o sociológicas, que solo producen melancolía […] Al diablo con los esfuerzos […]  Solo me gusta el entretenimiento genuino.

 

¿VIVIMOS EN LA ERA DE BEATTY? 

 

 

Comprendiendo este monólogo a uno se le ponen los pelos de punta, porque si miramos nuestro presente con ojos críticos, podemos ver que las advertencias que lanza su autor son más reales que nunca. 

Beatty habla de que los libros se redujeron a resúmenes, luego a titulares, hasta que prácticamente desaparecieron. Hoy vivimos en la cultura del scroll infinito, los vídeos de quince segundos, y la incapacidad de mantener la atención en un texto largo. 

Igualmente, en la novela se queman libros para que nadie se sienta ofendido, mientras que hoy en día vemos a menudo como se evita el debate profundo o se censuran ideas complejas en favor de espacios seguros para determinados colectivos pero estériles intelectualmente hablando. Vamos, que preferimos que nos den la razón a que nos desafíen. 

Y por último tenemos la droga del entretenimiento. Mientras que en la novela está enganchada a los auriculares y pantallas en sus casas, nosotros tenemos lo mismo en nuestro smartphone desde el mismo momento en que nos despertamos. El objetivo es el mismo: eliminar el silencio, porque sin silencio no hay pensamiento. 


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